TEFES

 
 

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El puerto de Kafountine, en la región senegalesa de Casamance, atrae cada mañana a sus lugareños y a cientos de buscavidas llegados desde países vecinos de África Occidental. Aquí el pescado es la perla preciosa del océano y la actividad comercial alrededor de la pesca es el sustento para muchos de los habitantes dentro y fuera de la región. Conocida popularmente como tefes (playa en idioma wolof), esta tradicional industria pesquera bañada por las aguas del Atlántico es un lugar efervescente que late al ritmo frenético y a la vez sosegado tan propio de los grandes bullicios africanos.

Con la salida del sol las calles de Kafountine se inundan de personas en dirección a la playa; cada cual tiene su cometido dentro del complejo engranaje del puerto. «Empecé a estudiar derecho en 2007, pero lo dejé al año siguiente, no tenía trabajo para pagarme la universidad así que me vine desde Dakar para trabajar en el puerto. En un día duro de trabajo puedo llegar a ganar tres mil francos, unos cinco euros». La mayoría de los marineros como Usman Yuf ni siquiera saben nadar, sin embargo cada madrugada portean a sus espaldas las redes, garrafas de gasolina y algunas provisiones hasta las coloridas piraguas de madera que aguardan a decenas de metros de la orilla. Miles de pescadores ponen rumbo mar a dentro para hundir sus redes y llenarlas de pescado, lo suficiente al menos para cubrir el coste del combustible y el jornal de la tripulación.

A primera hora de la tarde los barcos comienzan a asomarse por el horizonte a su regreso. Es la hora de descargar la mercancía y los más fornidos se encargan de transportar sobre sus cabezas cajas llenas con hasta 30Kg de pescado. Se abren paso entre las olas desde los botes hasta la arena y luego corren por las polvorientas callejuelas del puerto hasta la lonja y los hornos de ahumado. Tras unos cuantos viajes los porteadores terminan exhaustos y algunos vendedores ambulantes como Sedou Bah buscan entonces su oportunidad. «Vengo desde Gambia cada lunes con brebajes, ungüentos y jabones para vender a los trabajadores del puerto. Camino entre la multitud ofreciendo mis productos de importación y con lo que gano de las ventas regreso a casa el fin de semana para estar con mi familia y comprar más género».

Además de la venta local, el pescado apresado en las costas de Kafountine genera un gran entramado mercante. Los excedentes de captura se exportan a Burkina-Faso, a Mali y a las zonas interiores de Guinea-Conakri y Costa de Marfil. Lo hacen dentro de cofres frigoríficos recauchutados para mantenerlo fresco, o bien son ahumados previamente en grandes hornos de leña. En cualquier caso el pescado saldrá del puerto cargado en los viejos y oxidados camiones Renault que se amontonan junto al callejón principal del puerto.

Pero no solo el pescado para el consumo acapara la actividad portuaria. A lo largo y ancho de la playa se extienden secaderos al aire libre. Tras días de secado el pescado ya está listo para ser machacado y desmenuzado a golpe de vara y tras ello prensado con bastones en sacos de 100kg. «Es importante separar la piel del pescado para triturarlo por separado— afirma Salman Jallow, que llegó hace dos años desde Guinea-Conakri— tras ser triturado y empaquetado se vende como fertilizante para las granjas agrícolas, o como ingrediente principal para preparar harina para el ganado». Aquí nada se desecha. Las labores de reaprovechamiento y las actividades derivadas de los excedentes son una pieza clave dentro del engranaje productivo de puerto, a la vez que ocupan a cientos de trabajadores manuales.

Mientras tanto la tecnología se abre paso tímidamente entre algunas de las labores del puerto. Ablay Yuf es uno de los trabajadores del pequeño astillero que se encuentra junto a la playa. «Ahora tenemos algunas sierras radiales para cortar los listones de madera— cuenta mientras sorbe su té de ataya, el brebaje más popular del país—. Con suficiente mano de obra podemos terminar un bote de tamaño medio en una semana». La industrialización al puro estilo occidental se resiste a llegar hasta estas latitudes del continente africano, y el contraste entre lo antiguo y lo moderno le confieren a estas costas un aire pintoresco, en cierto modo atemporal, pero sobre todo marcado por una gran dosis de tradición.